Short Stories


Lejos ya de Minnesota (2020)


Selected by Blackie Books for its “Relatos Confinados” anthology. 



Sebastià, ciudad abierta (2017)


1st Prize (category under 30) in the 3rd contest of short stories “Ploma 4 Gats”.



En un pequeño restaurante, justo al lado del ventanal, está sentado un hombre. Observa los transeúntes, al mismo tiempo que intenta descifrar por qué se encuentra allí, esperando. En los cines de al otro lado de la calle reponen Cinema Paradiso, pero él no recuerda esa película. En la barra advierte a una mujer sosteniendo un libro, La plaça del diamant. Al leer el título —uno del que no había oído a hablar jamás—, siente que si lo hubiera leído, hoy sería uno de sus favoritos. Y eso le inquieta. Por un instante se plantea irse, pero entonces un vacío se apodera de él. No recuerda dónde vive. Sus manos empiezan a temblar, pero no le da tiempo a hundirse en su desconcierto. Algo se apoya en su hombro. Gira la cabeza y ve a la mujer que hasta hace unos segundos sostenía en sus manos las palabras de Rodoreda. Ella se sienta delante de él. ¿Me recuerdas, Sebastià? Justo cuando la mujer pronuncia la última sílaba, Sebastià experimenta algún tipo de embrujo, o eso cree él. Y mientras en su cerebro se repite una y otra vez la misma pregunta, Sebastià se acerca a Lola a la salida de clase, con tan solo 17 años, y se ofrece a ayudarla con francés. La lleva a cenar a un restaurante en el que el menú cuesta menos de 70 pesetas y en el que ella prueba por primera vez la crema catalana. Deambulan de noche por el paseo de San Juan y él se atreve a adentrar su mano en la falda de ella. Le entrega su virginidad, de forma atropellada, en un indecente hostal de las Ramblas. La coge en brazos y la sumerge lentamente en el mediterráneo. La lleva al cine a ver Cinema Paradiso, y ambos lloran mientras se suceden todos los besos censurados. Roza sus pies con los de ella, mientras yacen estirados y adormecidos en el colchón que comparten en un minúsculo piso del Ensanche. Agarra bien fuerte la mano de Lola durante el entierro del padre de ella. Se mudan a un apartamento más grande y abandonan en el del Ensanche algunos de sus miedos y algunas de sus fantasías, y el colchón y otras cosas que ya no necesitan. Pisan las calles de París. Y las de Beirut. Y dejan de visitar lugares tan lejanos cuando nace Mercè. Van al parque de la Ciutadella y Lola coge a la niña en brazos mientras él las fotografía al lado del Mamut. Y ve a su hija escurrirse de los brazos de Lola y golpearse la cabeza contra el suelo, y convertirse en un cuerpo arenoso y escarlata, y morir, sin ser consciente de lo que significa morir. Sebastià se mete en la bañera y se corta las venas, y siente como la sangre abandona su cuerpo y se ahoga en el agua. Se despierta en el hospital y lo primero que ve son los ojos de Mercè en la mirada de Lola. Escucha como el médico le explica que existe un prototipo de máquina que es capaz de eliminar ciertos recuerdos. Y Sebastià grita que sí, que quiere probarlo. ¿Me recuerdas, Sebastià? Él no contesta. Ella no consigue evitar llorar y, con un hilo de voz, le pregunta ¿Quieres venir conmigo? Y Sebastià alarga su mano izquierda y coge la de ella. Y ambos salen del local.


Aquella inexorable carretera (2018)


Finalist (category under 30) in the 4th contest of short stories “Ploma 4 Gats”.

Published in Papenfuss magazine



Recuerdo un día mustio y sombrío. Los árboles frondosos se sucedían sin cesar. Sobre ellos, la lluvia. Algunas gotas resbalaban por las frías y empañadas ventanillas de aquel coche maloliente y descuidado. El humo del cigarrillo -que emanaba de la boca del conductor- se acumulaba dentro del vehículo. Yo tenía ocho años. Intenté abrir la puerta varias veces, pero no hubo manera. Grité y golpeé los asientos. A mi lado, una mujer me agarraba y me pedía que me tranquilizara. Me aseguraba que todo iba a salir bien, que me iban a encontrar una familia mejor. Pero yo no quería una familia mejor. Yo quería a mi madre. Descansé la cabeza en la ventanilla, cerré los ojos y me rendí al cansancio. La carretera seguía avanzando, hasta borrar todo aquello que yo conocía. La avenida 56. El Motel San Fernando. Las revistas anticuadas de la recepción que yo pintarrajeaba. Las luces intermitentes de los pasillos. La habitación 21 y su particular olor. El ruido del ventilador las noches tórridas. La vieja televisión. El canal treinta y siete de dibujos y el ochenta y dos de cine clásico. Las cenas en la cama. La piscina para nosotras dos solas las noches livianas del estío. Los otros niños que también vivían allí. Y los que pasaban solo un par de días. Mi amiga Luna. Los amigos de mi madre. La señora Cunegunda, que a veces me cuidaba. Y sus cenas generosas e interminables. Los gritos del propietario del Motel a mi madre a fin de mes. El buongiorno del señor Luca. Y su perro cojo que siempre me seguía. Mi cactus. La planta de María y sus cogollos. Las duchas de agua fría. Los discos de The Cure. Mis libros de texto de segunda mano. El invierno sin calefacción. La manta ambarina en la que siempre me envolvía. Nuestros largos abrazos. La foto desgastada de mi abuelo. Las pastillas de colores de mi madre. Sus días sin palabras. Sus cambios de humor. Los paseos en otoño cogidas de la mano. Nuestros días enteros dentro de la cama. Y nuestras noches sin dormir. Nuestras promesas. Y nuestro roto e interrumpido adiós.

Hoy, que hace ya diez años de aquella amarga tarde de febrero, he vuelto al Motel. En la entrada he reconocido al señor Luca y a su perro. Y ellos me han reconocido a mí. Él ha sido quien, con dificultad, me ha explicado lo que llevaba temiendo todos estos años, que mi madre ya no estaba aquí, ni en ninguna parte. Bajando la mirada me ha revelado que se suicidó una semana después de que yo me fuera. Y que dejó una nota en la que decía que aquella habitación era demasiado pequeña para tanto dolor.

Alquilo la habitación 21. Y al entrar lo veo todo tan cambiado, tan distinto, que me recojo en una esquina y me permito llorar. Todo lo que no me he atrevido a llorar durante este tiempo. Y cierro los ojos y vuelvo a tener ocho años. Y siento como me agarran fuerte varias manos y me arrancan sin delicadeza de los brazos de mi madre. Y me meten en un coche que se aleja, para siempre.